El expendio de rosquillas

El expendio de rosquillas

Uriel había puesto todo su esfuerzo en un negocio de donas para convertirlo en el más importante del rumbo. La fila que se formaba cada mañana en su puerta antes de que diera la hora de apertura, era tan grande que fácilmente le daba toda la vuelta a la manzana.

El procedimiento para elaborar los productos invariablemente seguía la misma metodología. Primero Uriel pesaba y medía cada uno de los ingredientes hasta que estuvieran de acuerdo a lo que marcaba la receta, poco después procedía a hacer la masa y dejaba las rosquillas levar hasta que estas alcanzaban la altura correcta.

Aunque tenía personal que le ayudaba, no permitía que nadie entrara la cocina, mientras las donas estuvieran cocinándose, pues tenía la idea de que si algo extraño interfería con el procedimiento de producción, los alimentos perderían calidad.

Sin embargo, un día su celular sonó y tuvo que dejar de encargado a Ramón, quien se desempeñaba como lavaplatos.

– Escúchame bien por favor. No tienes que hacer nada del otro mundo más que cuidar 15 minutos estas rosquillas hasta que se doren y después darles la vuelta y esperar el mismo lapso de tiempo. ¿Quedó claro? Espero regresar en menos de dos horas.

– Sí patrón, no hay ningún problema.

Apenas Uriel dejó el negocio, Ramón volvió a la bodega pues había dejado encendida la radio y no quería perderse su programa favorito.

Alrededor de 45 minutos después, oyó la que le pareció ser nada más y nada menos que la voz de su jefe diciéndole: “No puede ser que ni siquiera hayas podido seguir una orden tan sencilla como la de vigilar las donas”.

Inmediatamente salió de donde estaba y fue a la cocina, sólo para encontrar un escenario perteneciente a una leyenda de terror.

Las paredes del lugar estaban ahumadas, pero eso no fue lo peor, ya que dentro de una de las freidoras yacía el cuerpo achicharrado de su patrón.

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