Leyenda corta de las ollas de barro

Leyenda corta de las ollas de barro

La época decembrina, al menos en nuestro país, se utiliza para recordar esas leyendas cortas mexicanas que te gustaban de niño. En esta ocasión les quiero compartir la historia de don Federico, un hombre que se dedicaba a elaborar piñatas.

Las piñatas son grandes recipientes que se rellenan con dulces, frutas y demás colaciones. Según se cuenta en las leyendas cortas mexicanas, su propósito es destruir de manera simbólica a los siete pecados capitales.

En fin, a Federico le preocupaba entregarles a sus clientes productos de calidad, motivo por el cual sus piñatas eran confeccionadas solamente con ollas de barro y no de periódico como lo hacían sus competidores. Era un trabajo extenuante pero sus compradores quedaban fascinados con su labor.

Sin embargo, uno de sus enemigos entró una noche a la bodega donde don Federico guardaba celosamente sus materiales y sin miramientos rompió con un martillo todas las ollas de barro y roció los demás productos con gasolina para finalmente prenderle fuego al lugar.

Al día siguiente Federico dijo:

– ¡Qué voy hacer ahora! Todos los ahorros que tenía los invertí en mercancía para la época navideña. No tengo cómo recuperar ese dinero y más aún que les voy a decir a mis clientes.

Se arrodilló en una fría noche de diciembre y le pidió con el mayor de los fervores a una estrella fugaz que le ayudara a idear la manera de cómo salir adelante.

Raro pero esa noche al poner su cabeza sobre la almohada se quedó profundamente dormido hasta que los rayos del sol lograron despertarlo. Antes de desayunar, fue a su bodega para revisar si algo se podía rescatar.

Entró al local chamuscado y lo primero que observó fue que el sitio estaba lleno de papeles de china multicolores, pegamento, ollas de barro etcétera.

– ¡Es un milagro! Gritó desaforadamente.

– No Federico, yo te traje esto pues soy el responsable de que tus cosas se hayan quemado.

El hombre volteo hacia atrás y notó que quien le hablaba era su enemigo quien entre sollozos le confesó sus malas acciones.

– Te pido perdón. Y si quieres llama a la policía. Lo siento pero es que los celos me cegaron.

– No tengo que perdonarte. Quizás yo hubiera hecho lo mismo si me encontrara en tu posición. ¿Por qué no dejamos de ser enemigos y nos ponemos a trabajar juntos?

– Me parece estupendo Federico.

A partir de ahí los dos hombres se convirtieron en los mejores amigos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *